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Asunción de Fr. Felipe y fr. Cristino como párrocos en Montevideo

Bajo el cielo de Montevideo, la familia dominicana del Uruguay ha vivido, en el espacio de apenas dos semanas, una doble y jubilosa primavera pastoral evidenciando la vitalidad del carisma de Santo Domingo en la arquidiócesis. La primera de estas celebraciones tuvo lugar el 9 de agosto de 2025, como una culminación festiva al triduo en honor a nuestro Padre Domingo, que había finalizado el día anterior.

En la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario y Santo Domingo, Fray Felipe Lugen recibió, de manos del Cardenal Daniel Sturla, el ministerio pastoral como nuevo párroco. Dos semanas después, el 24 de agosto, le llegó el turno a la comunidad de la parroquia Santísima Trinidad y Sagrada Familia. El templo se engalanó para recibir a su nuevo pastor, Fray Cristino Vera, en una ceremonia presidida nuevamente por el Cardenal, quien con paternidad guió cada uno de los ritos.

En ambas ocasiones fue una laica, delegada de la comunidad, quien con voz clara y serena leyó la carta de nombramiento firmada por el Obispo. En ese instante, la institución se hizo Palabra viva, confirmando ante todos el «sí» de Dios y de la Iglesia al servicio de nuestros hermanos predicadores.

El momento culmen de los ritos iniciales llegó con el Juramento de Fidelidad. Frente al Cardenal y al rebaño que desde ahora guiarían, primero Felipe y más tarde Cristino, con la mano derecha posada sobre los Santos Evangelios, hizo suya la misión de ser Pastor. Su voz firme al pronunciar «Que Dios me ayude y estos santos Evangelios que toco con mis manos» resonó como un pacto sagrado, sellando no una carga, sino un amor que se entrega.

La Liturgia de la Palabra, iluminada por la entrega del Evangeliario por parte del Cardenal al nuevo párroco, fue un diálogo de fe. El Obispo le encomendó: «Anuncia su mensaje de salvación… ayudando a tus hermanos a conformar su vida con la Palabra de Dios». Entonces los nuevos párrocos, al proclamar el Evangelio, dieron su primera homilía silenciosa: su vida, y a partir de entonces, sería el texto más importante que sus comunidades leerían.

Tras la homilía, la liturgia se tornó íntima y conmovedora con la Renovación de las Promesas Sacerdotales. Bajo la mirada de su obispo y de su nuevo pueblo, nuestros frailes respondieron en sus ceremonias correspondientes con un «Sí, estoy dispuesto» y un «Sí, quiero, con la gracia de Dios» a cada una de las interrogantes que desgranaban la esencia de su vocación: predicar, santificar, orar, ofrecerse y obedecer.

Ya en la Liturgia Eucarística, la comunidad ofreció sus dones junto con el ministerio de su nuevo pastor. El culmen de los ritos de investidura llegó tras la Comunión, con la entrega de las llaves del sagrario y de los santos óleos. El Cardenal encomendó a Fray Cristino el cuidado del Pan de Vida para los enfermos y la adoración perpetua, y los óleos con los que sellará a los bautizados, fortalecerá a los catecúmenos y aliviará a su rebaño en los momentos de enfermedad. Cada elemento recibido era un símbolo de las futuras fatigas y gozos del ministerio. Así, con el corazón rebosante de gracia y la mirada puesta en el futuro, concluyeron ambas celebraciones.

Las comunidades de Nuestra Señora del Rosario y de la Santísima Trinidad, en medio del infinito invierno uruguayo, ven florecer una nueva y fecunda primavera pastoral, como si se tratara de las flores blancas y violetas de nuestro “jazmín paraguayo”. Guiadas por el mismo Espíritu que impulsó a Domingo de Guzmán a predicar la Verdad.

Guillermo Seguí (prenovicio)

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